El colapso se produjo cuando Tiberio, sucesor de Octavio Augusto, exigió a los banqueros de la época (los ‘argentarii’) que pusieran sus cuentas en orden, tal y como estipulaba una ley que había sido ignorada durante años. La norma, que databa de los tiempos de Julio César, fijaba límites a los tipos de interés que se podían cobrar y obligaba a invertir los beneficios en la Península Itálica. Para reorganizar sus libros, los financieros pidieron una moratoria de dieciocho meses y, mientras tanto, empezaron a reclamar la devolución de los préstamos que habían concedido, dejando, al mismo tiempo, de aprobar nuevos créditos.
Ambas decisiones provocaron el hundimiento generalizado de los precios, empezando por los del mercado inmobiliario, que se habían disparado en Roma porque sus habitantes se habían empeñado por encima de sus posibilidades. Quienes querían hacer carrera política solicitaban empréstitos para comprar suntuosas viviendas y organizar espectáculos de gladiadores que les dieran prestigio y les granjearan la simpatía de la plebe. Aquella burbuja económica y social, que contradecía la austera moral de la República, había germinado durante el reinado de Augusto, una era de prosperidad -la ‘pax romana’- en la que bajaron los tipos de interés y la capital del Imperio creció urbanísticamente gracias a las riquezas conquistadas en Egipto. Según Marcial, un poeta del siglo I que era originario de Bílbilis, la actual Calatayud, en la Roma de aquellos tiempos «se pagaban los precios más altos lo mismo por la virtud que por el vicio».
martes, 15 de diciembre de 2009
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